sábado, 4 de mayo de 2019

Golondrina I

Subían, bajaban, se detenían un momento en el aire y de nuevo descendían, tan rasantes que la calle parecía un río en primavera. Golondrinas...
Y, de pronto, me di cuenta de que estaba viva.


Ana Castelbón

domingo, 14 de abril de 2019

Variaciones sobre Walter de la Mare


In Memoriam

¿Quién eres tú, dime?
 ¿Eres tú la de las mansas avenidas, la que tenía la cercenada dulzura de las rosas?
 “Sólo está el viento donde la rosa estaba…”

Recuerdo haber paseado contigo, una calle tras otra, mientras los vencejos se aventuraban hasta el último soplo de aire antes del muro y las cigüeñas, mucho más arriba, remontaban el viento.
Te recuerdo tan niña como eras entonces, cuando no dejabas que te diera un beso.
Un clamor de campanas entre el sol de la tarde.
Y tus ojos.
Habría más, supongo, pero no alcanzo a verlo ahora que todo es Noche.
 “… No está ya el oro donde tu pelo estaba…”

No, no puedo verlo ya.
No rescataría nada de este espantoso naufragio, salvo aquellos paseos en que todavía no me dejabas besarte. 
Serás lo último que recuerde, si eres tú - ¿lo fuiste?  - la que encendía todas las lámparas de todas las casas, al filo del mar. La que hacía del mundo un lugar seguro.
Todo lo que perdí, todo lo que pudiste llevarte, no es nada comparado con su ausencia en tus ojos. 
“… No está el calor donde tu mano estaba…”

Mi vida a cambio de tu mano, sostenida en la mía. Aquel punto sin partes ni partidas, mi hogar perdido para siempre. ¿Y qué queda entonces? Sólo tengo conmigo, ahora que todo es Noche, el recuerdo de la última vez que me miraste con amor. Lo demás lo he dejado en la casa vacía. No cerré la puerta, ni apagué la luz. 
"… Tu espectro está donde tu rostro estaba…"

Me buscarán y estaré tan lejos, mecido por el aire.  Lejos de la orilla de ese mar de juguete donde te conocí;  de los lirios de arena y de todos los veranos que fueron nuestros.  
Me buscarás. Yo también te busqué, pero ahora sé que no podía encontrarte. Ya no estabas allí, no eras ya la de las mansas avenidas, la que tenía la cercenada dulzura de las rosas. 


Me buscarás, sí.
Cuando me encuentres, ya me habré marchado.


"... Tristes los vientos donde tu voz estaba,
lágrimas donde mi corazón estaba,
y ya siempre conmigo, 
hijo, siempre conmigo,
sólo el silencio donde la esperanza estaba."


Traducción de Eliseo Diego, en Conversaciones Con Los Difuntos

sábado, 30 de marzo de 2019

Mirlo II

Está en la tapia del convento, al otro lado de la calle, con el pecho oscuro lleno de trinos. Sigue cantando, como un reo de la Primavera.

Yo sigo aquí, escuchándole.

Ana Castelbón

sábado, 23 de marzo de 2019

Mirlo


Se posó en el balcón, junto a mí, y me observó un momento como si fuese yo una absoluta incongruencia en su mundo. Aún tenía el pecho moteado lleno de plumón. Un instante y se fue volando torpemente hasta el ciprés, dejándome perpleja. 

Ahora me pregunto por qué he dedicado tantos años a amar lo mediocre, pudiendo haber amado lo pequeño.
Ana Castelbón

lunes, 18 de marzo de 2019

PLAGIO I



Hay una ley - Mirad los lirios del campo -Alma mía - Escrita -Se pueden gastar muchos años en -Y tú también vendrás -No ser, no ir - Que ni hilan ni tejen - Al fin llegará- En lo más profundo del Libro - Déjame entrar en ti -No aprender- De la Vida puedes mirar algo - El día en que iré - Joven hermana  - No puedo -Pero Yo os digo que - Novecientas noventa y nueve- Porque los días - Mira a través- No querer, no tener -Caminando por esos senderos - Vivir contigo - Pasan para no volver y el Sur -Veces y estar  - De mis ojos- Ni Salomón en toda su gloria - Escondidos que discurren al Oeste de - Eso sería -La mayoría-Vistió como uno de ellos - Vida -Completamente a salvo - No convertirse - De los hombres-  La Luna y a al Este- Contempla las cosas - En algo - Veces  Pero ay de ti si lo miras por- Aún te está esperando -  Del sol - Que has creado -  Vez número - Viven vidas de callada -Mira cómo- Mil Porque puede ser que lo veas - Brillan -Desesperación -


por primera vez.

sábado, 2 de marzo de 2019

Saffron Park


La primera vez que visité Saffron Park tenía solo trece años… ¿Cómo iba a entender entonces la sombra de la caricatura que persigue a nuestra desesperada dignidad y belleza? Aún no sabía que las preocupaciones, por muchas vueltas que les demos, son sólo preocupaciones, pero que la Tristeza es siempre la Alegría vuelta del revés. Aún no había amado al mismo tiempo a la verdad y a un amigo... Todavía no había comprobado que somos amor y continua despedida. Y ahora -cuando tanto en mí se ha perdido para siempre-me reconozco en cada una de esas palabras con la misma claridad que en el agua quieta y viva. 

A los trece años estaba profundamente enamorada de Seawood, de Saffron Park. Pensaba que cualquier día, a la vuelta de un recodo, los encontraría y llegaría, al fin, a casa. Pero nadie se sentó conmigo nunca a escuchar a los dos locos poetas y siempre he caminado sola por esos senderos, perdida en la ceguera cromática de la empinada ciudad de arquitectura imposible. Perdida en los extraños paisajes de Chesterton. 

Cada uno de ellos un personaje más, lleno de vida. Su cielo llameante como los viejos cielos medievales, su viento que agita eternos estandartes de escarlata... Cada rasgo de la tierra, del aire o del firmamento parece el extremo de una verdad que grita de alegría y de pasión, como en el Salmo  “El día le cuenta su secreto al día, la noche a la noche se lo susurra...” ¿Qué secreto, dime? ¿Quién lo conoce? ¿Has caminado tú por allí? ¿Comprendiste también, sin conocerlo, que es un Secreto mucho más grande, alegre y poderoso de lo que nadie puede entender? Un largo trago de vida, un jirón rojo y desgarrador como las nubes sobre Saffron Park... ¿Tú también has estado allí? Y si estuviste...  Dime, ¿cómo es que no nos encontramos?

jueves, 31 de enero de 2019

El Bando de las Rosas

A Luis

Yo era una niña cuando cortaron el rosal. Y sin embargo, cada mayo, al pasar junto al viejo muro de ladrillo recuerdo cómo trepaba, colmado de fuerza y de gracia como una bendición, con las ramas combadas por el peso dorado de las rosas.

De su perfume no me quedan recuerdos; sólo esa confusa sensación de anhelo y de inminencia que se tiene a veces ante el amanecer.

Un día ya no estaba.

Lo habían cortado por diez razones razonables y por ninguna. Atraía a los mosquitos, a las abejas, a las arañas, estropeaba el muro, crecía demasiado. Entonces no pude comprender, pero la Vida es paciente y repite sus lecciones.

Así, la Insistente Vida me enseñó que siempre se arranca el rosal más hermoso, siempre se aplasta el mejor corazón y se echa por tierra la labor más fructífera,  mientras el Coro de los Mediocres salmodia sus diez razonables razones -crece demasiado, molesta demasiado... Siempre la misma: Es demasiado.

Pero no fui rápida, no. Tardé años en comprender que la Fealdad que nos acorrala no es una coincidencia, ni es algo inadvertido, sino una meta buscada con ensañamiento. Y aún tardé más años en  comprender cuántas personas razonables hay que odian la Belleza, que aborrecen lo bueno y lo feliz, royendo en lo más profundo de sus decentes corazones la Luz que codician y detestan.

La Niña Que Fui hubiera hecho cualquier cosa por defender aquel rosal. Pero ahora que ya he elegido y perdido mis batallas, al fin adulta, puedo decir también que soy cobarde. O quizá sólo estoy cansada. Ambas cosas se parecen mucho. 

Cobarde entonces, quizás cansada, he descubierto cuánto valor se requiere para estar en el bando de las rosas -para trepar por los muros con la Fuerza y la Gracia de una bendición, sabiendo que el Mundo nos echará por tierra- y qué corona merecen los que aún lo intentan, hecha con espinas de la más pura Alegría.


Ana Castelbón






lunes, 14 de enero de 2019

HORTUS CONCLUSUS

Tinta sobre papel - Ana I. Castelbón

Los nombres
que me dieron
al nacer,
ropajes 
fantasmales,
ensueños
heredados,

cuervos,

cuervos,
hambres,

huyen.


El clamor

de tu abrazo
como clarín 
de plata
los cercena.

-Coda-

Amúrallame a besos
Siémbrame de Jardines.
Todos mis recodos
tendrán sombras y fuentes
para ti.


Ana Castelbón

lunes, 24 de abril de 2017

Más Que Los Centinelas La Aurora

Tinta y acuarela sobre papel - Ana Castelbón


Si amarte fue
Quedarse
Así,
Desnuda
A la orilla del cuerpo,
Con los pies 
Hundidos
En la ausencia
De la otra parte
De la herida.

Si amarte fue
Ser de nuevo
Soledad,
Ser
Quien anhelaba
Ser
Desde el principio.

Si fue
Crecer
Hacia el Aire
Y la Palabra
O hundirse
En el Silencio,
Qué importa.

Qué importa
Lo que fue
Amarte,
Si amarte
Es 

Esto.

Ana Castelbón

martes, 14 de junio de 2016

Historias Muy Pequeñas VI

Tinta sobre Papel
Ana Castelbón


Su fina nariz de roedor había captado un estremecimiento conocido -y temido- en el aire: el que produce el timón del Destino cuando cambia suavemente de rumbo. Una pequeña mácula en la cotidianidad, una diminuta alteración en el horizonte... Nadie puede llegar a Bruja Decana y mantenerse en el puesto de por vida sin reconocer esas ondas de advertencia. Siempre atenta a los detalles era su lema, o un día se te cae un Imperio sin que hayas visto al godo que lo empujó.

Fragmento de Una Historia Muy Pequeña,
 de Ana Castelbón

miércoles, 18 de mayo de 2016

Historias Muy Pequeñas V

Tinta sobre papel
Ana Castelbón




Las rejas hubieran debido servirle de advertencia.
Una advertencia de doble hierro forjado con pinchos exteriores de  quince centímetros de longitud y tornillos de seguridad en todas las ventanas. ¿Pero acaso reparó en ellas? No, salvo para frotarlas con salfumán y un cepillo de cerdas duras. Las dejó impolutas, eso sí. Baudelaire poseía un talento innato para la limpieza que casi llegaba a superpoder… Como si de pequeño le hubiese mordido una fregona radioactiva.
El caso es que no se preguntó el por qué de aquellas rejas,  igual que no se había preguntado qué hacía un foso de dos metros de profundidad ante la entrada del apestoso antro de Vorágine. Ni siquiera los dos cocodrilos que se agitaban en su fondo le dieron otra idea que poner unos cuantos nenúfares y un puente japonés que alegrase un poco el panorama.
Anotó mentalmente: cambiar pirañas por pececillos de colores. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Hermosísima Niña


Acuarela y tinta sobre papel - Ana Castelbón


... La princesa siempre se las arreglaba para aprovechar alguna ráfaga de viento -el que más le gustaba era el del Sur-Suroeste- y escaparse rauda por la ventana; entonces había que soltar apresuradamente más cordel, y ponerse a sotavento, mientras la niña reía y reía volando como una cometa...

Fragmento de Hermosísima Niña
Cuento original de Ana Castelbón

jueves, 7 de abril de 2016

La Cenicienta



Mercedes se casó a los dieciséis y antes de los veinticuatro ya tenía cinco hijos. La cintura desfondada aguanta siempre el gesto resignado de sus manos, enlazadas y quietas sobre el vientre. Habla con un burbujeo y un trino porque ya le van faltando dientes. Quizá por el dulce recuerdo del portugués en su acento o por la sencillez de su alma iletrada, a menudo lo que dice está lleno de cordura y poesía. Y también de una tristeza sin escapatoria.
Una mañana, mientras atendíamos a Cristina, cogió su pequeño en brazos como si fuera un cordero y le acunó hasta dormirle, con ternura y descuido. “¿No se casa María?”, decía… Y riendo… “Mejor ser libre como las gaviotas…”
Mirándola mecer al niño, de pronto me dio miedo olvidar esa imagen. La más bella, la más triste.

Hay personas que parecen escritas en el agua.




viernes, 18 de marzo de 2016

Ábaco

Acuarela y tinta sobre papel - Ana Castelbón



Me fui a tu encuentro
Por el Dolor.
Tú no venías por allí.
Me herí en lo más hondo.
Tú no surgías nunca de la herida. 

Y nadie me hizo señas
-Un jardín o tus labios, 
Con árboles, con besos-
Nadie me dijo
(Por eso te perdí)
Que tú ibas por las últimas
Terrazas de la risa,
Del gozo y de lo cierto.

Que a ti te encontraría
En las cimas del beso
Sin dudas ni Mañana,
En el vértice puro
De la alegría alta,
Multiplicando júbilos
Por júbilos,
Apuntando en el aire
Las cifras fabulosas
Y leves de tu dicha.


Ana Castelbón

lunes, 7 de diciembre de 2015

La Coleccionista de Dragones


Dedicado a Lucía, que quiere ser paleontóloga.


1799 fue un año común. Tan común que comenzó en martes. 

Aquel año Napoleón quiso ser cónsul, Beethoven compuso una sonata, Pierre François Bouchard  encontró una piedra -La Rossetta- George Washington falleció y nacieron Balzac y Pushkin. (Te cambio un presidente por dos escritores). Las puertas giratorias de la posteridad no se movieron especialmente ese año. En la lista de nacimientos destacados que aparece en la enciclopedia más común, sólo consta un nombre de mujer. Y no es el suyo.

Sin embargo ella nació en 1799. Un martes, por cierto.  El 21 de mayo para ser exactos. Hija de Richard Anning (ebanista) y Mary Moore a quien -al parecer- todos llamaban Molly. Ambos eran pobres y disidentes de la Iglesia de Inglaterra, cualidades que no les hicieron especialmente populares entre los vecinos de Lyme Regis. Pues tal era el nombre del pueblecito donde se afincaron y es éste un dato fundamental para nuestra historia.

Allí los Anning engendraron diez hijos, de los que sólo dos tuvieron el dudoso privilegio de alcanzar la edad adulta. Los otros fueron quedando en el camino, abatidos por la Enfermedad y la Desgracia, solícitas hermanas de la Pobreza. Mas la pequeña Mary Anning se empeñó obstinadamente en vivir o -mejor dicho- en sobrevivir. Gracias a esa tenacidad, en su vida recién iniciada (que prometía ser tan común y fácil de olvidar como un martes) comenzaron a producirse hechos extraordinarios, dignos de las leyendas.  


Cuentan los anales que un día la pequeña Mary se encontraba en brazos de Elizabeth Haskings cuando un rayo se abatió sobre la buena mujer, matándola junto con otras dos comadres. Nunca se ha averiguado qué tenía la Divinidad en contra de las tres desdichadas, pero fuese lo que fuese no debía concernir a Mary puesto que ella sobrevivió.  El pueblo de Lyme Regis decidiría, atónito, que ese rayo iba a ser la explicación del carácter decidido y curioso y la vivaz inteligencia de los que pronto haría gala la niña. Porque es cosa sabida que la sabiduría en una mujer ha de tener un origen milagroso.
       
Nosotros, sin embargo no podemos sino pensar que el gran portento de la historia de Mary fue el haber nacido -de entre todos los lugares del mundo- precisamente allí. Como una pulga sobre el lomo del gigantesco Cancerbero, el bucólico Lyme Regis se levantaba en plena Costa Jurásica inglesa. Más de ciento noventa y cinco millones de años de historia se apiñaban bajo los párvulos pies de Mary Anning y ella no desaprovechó esa circunstancia.
Aquella pequeña en aquella tierra de pasado tan remoto ayudaría al mundo a escribir un nuevo Génesis, pero su vida se pintaría desde la infancia en todos los tonos del gris. Como cualquier otra de las innumerables hijas de los Pobres, tuvo que trabajar desde muy niña para ayudar al precario sustento familiar. Por eso acompañaba a su padre y a su hermano Joseph a los acantilados, donde la lluvia y los derrumbes dejaban al aire extrañas criaturas petrificadas que vendían por unas monedas a los turistas. 
Cuando Mary contaba once años su padre, fiel a la tradición de los míseros, abandonó este mundo dejando tras él la más absoluta  penuria como herencia. Abocados a pedir caridad en la parroquia, Mary y Joseph montaron una pequeña mesa junto a la posada del pueblo para vender fósiles a los veraneantes: caballeros de exquisitas corbatas, damas que paseaban por el espigón envueltas en muselina y que Jane Austen nos ha legado, atrapados en el ámbar de su verbo amable. Mucho más extraños e inalcanzables para Mary que los dragones.
            
Acantilados de Blue Lias
La niña debía ser ágil e intrépida. Trepaba y se aferraba a los resbaladizos acantilados, se escurría por las oquedades que dejaba la marea al bajar,  buscando los huesos que darían de comer a su familia y que también saciarían la hambrienta curiosidad que había heredado del rayo.

Su hermano pronto la dejó al frente de un negocio tan duro y prefirió hacerse tapicero. Suponemos que para él se trataba tan solo de una forma arriesgada y precaria de ganarse la vida. No así para Mary, que encontraba los huesos, los limpiaba y componía como primorosos rompecabezas. Mary comprendía las vértebras y las espinas, los cráneos y las mandíbulas; escuchaba sus historias, armaba y pintaba con amorosa paciencia sus retratos.

Así fue como esta niña iletrada y apartada de los decentes vecinos de su pueblo, descubrió con apenas doce años el primer esqueleto de Ictiosaurio. A decir verdad fue su hermano Joseph quien encontró el cráneo pero no siguió buscando. Mary en cambio persistió hasta que un corrimiento de tierra desveló el secreto de cinco metros de huesos que el acantilado había guardado celosamente y que ella le arrancó con ayuda de los canteros locales. Después lo limpió con esmero y lo preparó para su presentación en sociedad. Aquel monstruo legendario brilló en Londres como las debutantes en Almacks, pero el nombre de Mary Anning no fue mencionado y permaneció en la sombra a la que pertenecía.

Plesiosaurio encontrado por Mary Anning
Sin embargo, como en los cuentos, Mary tuvo su hada madrina. De hecho, podemos decir que tuvo dos. La primera se llamó Elizabeth Philpot. Artista, geóloga amateur y sobre todo amiga, la animó desde niña a leer y a comprender las historias que los huesos narraban. 

La segunda tuvo por nombre Thomas Birch. 

Viendo la extrema pobreza de la familia Anning, en lugar de calabaza Thomas consiguió 400 libras vendiendo su propia colección de fósiles. Y en vez de zapatos de cristal le proporcionó cierto nombre entre la comunidad científica. En una época en que las mujeres no podían estudiar en la universidad, en que la Sociedad Geológica recién creada no permitía que las féminas contaminaran la sagrada ciencia ni en calidad de visitantes, no ya de miembros, Thomas Birch hizo lo que pudo. 
Ningún hada madrina está obligada a más.

Y es que la Historia se equivoca a menudo. De haber sido Joseph, su hermano tapicero, el agraciado con la singular inteligencia y destreza que se habían desperdiciado en Mary, más de un filántropo habría invertido en la conmovedora historia del muchacho genial atrapado en sus humildes orígenes; quizá se hubieran hecho colectas y rifas benéficas y el pueblo de Lyme Regis, orgulloso de su hijo, le habría dado una carrera.

Pero con Mary nada de eso podía hacerse. Como mucho,  podía abrir una tienda. Así que ahorró y compró una casa con un gran ventanal, un escaparate donde lucía el siguiente rótulo: Almacén de Fósiles Anning.

The Geologist, 1843. William Henry Fox  Talbot
La prensa local le dedicó una reseña. En aquel entonces ya tenía 27 años y su nombre era mencionado por el descubrimiento más importante, quizás, de su vida. Apenas entrada en la veintena había sacado a la luz hueso a hueso dos esqueletos casi completos de Plesiosaurio, los primeros que veían los ojos mortales. William D. Conybeare bautizó al dragón, lo presentó en sociedad y escribió un artículo acompañado de los bocetos realizados por Mary.

Lo único que no hizo el gentil señor Conybeare fue mencionarla.

Pero la  comunidad científica  -que seguía dispuesta a ignorar la franca inteligencia de la joven- no podía obviar sus hallazgos. Algunos de los más importantes geólogos del mundo visitaron la tienda de Mary Anning y la acompañaron en sus peligrosas expediciones, debatiendo con ella teorías e ideas. "Siempre disfruto de una buena discusión con los grandes" afirmó ufana en una ocasión. Como en los cuentos incluso un rey, el de Sajonia en este caso, se acercó a ver los prodigios que una humilde e ignorante mujer podía desvelar. En cierto modo, para los curiosos ella formaba parte de la increíble mercancía que se exponía en la tiendecita del ventanal.

La muy virtuosa Lady Harriet Silvester escribió "Ciertamente es un maravilloso ejemplo de favor divino que esta pobre muchacha ignorante haya sido tan bendita porque, mediante la lectura y la aplicación ha llegado a (...) escribir y hablar con profesores y otros hombres inteligentes sobre este tema, y todos ellos reconocen que ella entiende más de esta ciencia que nadie en el reino."

Por qué la magnanimidad de esta dama y de otras semejantes y de todos esos sabios y hombres inteligentes no les llevó a ayudarla en su instrucción, es una pregunta para la que no tenemos respuesta. El hecho es que prefirieron dejarla a merced del favor divino para que ella misma se procurase su formación.

Mary, que había aprendido a leer en las clases dominicales, devoraba los libros, pasaba horas copiando artículos, elaboraba su propias teorías, dibujaba bocetos, limpiaba los fósiles que buscaba incansable por los acantilados.  No era una actividad segura precisamente, como bien demostró su perro Tray que no logró sobrevivir a esos paseos con su dueña. Nos consuela pensar que en vida debió ser el perro más feliz del mundo. Ningún otro encontró nunca huesos semejantes.
Mary Anning. John Meryfiel Donne, 1850


Así que el tesoro de Mary no sólo se exponía en el ventanal de su tiendecita. Aún tenía otro más preciado, escondido en su mente, y los inteligentes y los sabios lo codiciaban como los Pterodáctilos codiciaban  sus presas. 

"Chupan mi cerebro", dijo en una ocasión, con amargura. 

Es cierto que algunos fueron honestos; Louis Agassiz y William Buckland hicieron un reconocimiento público de los méritos de la Srta. Anning. Pero muchos otros se alimentaron de aquellos hallazgos e ideas luminosas sin regurgitar siquiera por casualidad las iniciales de su nombre. A esa ínfima categoría de ser humano pertenecieron ejemplares como Richard Owen,  el ya mencionado William Conybeare o Everard Home. Decimos sus nombres, y les hacemos el honor que ellos no hicieron a Mary.  

"El mundo me ha utilizado con tan poca consideración que me ha hecho sospechar de la humanidad en general", se lamentaba. Pues sucedió demasiadas veces que sus descubrimientos se publicaron bajo otros nombres, obteniendo beneficios que ella no veía y que necesitaba cada vez más.  
Y es que a pesar de la tiendecita y su ventanal, a pesar de las visitas de los reyes y los sabios, su vieja amiga la Pobreza se resistía a abandonarla y merodeaba junto a su puerta, aguardando el  momento propicio para entrar. Lo encontró en la década de 1830, con la llegada de la crisis económica a las islas.

En aquellos años los elegantes caballeros y las delicadas damas no tenían tanto dinero para gastar en fósiles como antes, tampoco los dragones aparecían con la misma afortunada frecuencia y hubo también alguna mala inversión por su parte. Aquellos años de estrecheces renovadas encontraron alivio cuando -por la intercesión de sus buenos amigos- consiguió de la corona una pensión de veinticinco libras al año como reconocimiento de su contribución al Saber.

Como ya hemos dicho, las hadas madrinas hacen lo que pueden. Ni siquiera ellas pueden hacer más. Pero si consideramos que Mary Anning  aportó testimonios definitivos para que la hipótesis de la extinción de las especies se convirtiera en evidencia, que con cada hueso que ella encontraba y encajaba se definía más y más ante los ojos asombrados del mundo un paisaje desconocido, un nuevo Génesis, una revolución que sacudía los mismos pilares de la Creación, veinticinco libras no parecen una recompensa demasiado espléndida. 

Había estudiado y leído todo lo que caía en sus manos, había diseccionado, buscado y dibujado sin cesar... había llegado a la conclusión de que los belemnites también habían usado la tinta para defenderse, mucho, mucho tiempo antes que aquellas sepias que sus vecinos comían sin hacerse ninguna de las benditas preguntas que a ella le asaltaban. Había deducido que esos fósiles de nombre enigmático, las piedras Bezoar, eran heces, conocidas hoy como coprolitos. Había hallado especímenes  de Dapedium politum, de Pterodsctylus, de Squaloraja... Había aprovechado su tiempo
.
Sin embargo, mientras se convertía en una de las fundadoras de la moderna Paleontología, ese Tiempo pasaba y la dejaba sola y enferma. Hacia ya unos años que había perdido a su madre y se rumoreaba por Lyme Regis, suponemos que con el regocijo que ese tipo de chismes conllevan, que la excéntrica Srta. Anning bebía. 

Lo hacía, de hecho. Bebía láudano para aplacar los dolores provocados por el cáncer de pecho que se la llevaría el 9 de marzo de 1847.

Un martes.

A su muerte la Sociedad Geológica de Londres le dedicó un panegírico, como hacía con todos sus miembros fallecidos, algo que jamás le habían permitido ser. 
Junto con el vicario de Lyme Regis, la Sociedad Geológica encargó en su honor una vidriera para la parroquia de San Miguel, que aún hoy se conserva en su pueblo natal. 
Louis Agassiz nombró dos peces fósiles en su honor Acrodus anningiae y Belenostomus anningiae… 
El gran Dickens escribió un artículo recordándola, y gran número de biografías escritas para los niños –probablemente no iban dirigidas a las niñas- buscaron  estimular en ellos la curiosidad que Mary tuvo que proteger y alimentar contra viento y marea.

Con la misma resistencia pétrea de los fósiles, la presencia humilde de aquella mujer humilde soportó la sombra y el silencio hasta aflorar lentamente y alcanzar la luz. Los nombres de quienes la olvidaron se han olvidado a su vez o son desconocidos para la mayoría de nosotros pero el de Mary Anning  sigue acompañándonos y despertando nuestra admiración.

Puede ser que, después de todo, haya Justicia en este mundo. Aunque sea poética.

Ana Castelbón

lunes, 5 de octubre de 2015

Estar Donde No Lleguen Las Tormentas VII





Tinta y Acuarela sobre Papel
Ana Castelbón



Sólo yo sé que al caer de la tarde
vienen a mi ventana los ángeles cansados.
Se posan en mi alféizar con el viento

del este,
devoran en silencio mi corazón amargo.
Arden
sus ojos al beberse mis lágrimas.
Golpean mis cristales, ángeles en bandadas...
Creen que es el último sol olvidado en el cielo
y confunden sus alas con nubes pasajeras;
por eso no saben que ángeles cansados
devoran mi tristeza y alzan después el vuelo.

Ana Castelbón

martes, 16 de junio de 2015

Estar Donde No Lleguen Las Tormentas VI

Tinta Sobre Papel
Ana Castelbón




Aún queda una alborada de rosas en la tapia,
Rosal blanco y silvestre como el amor primero.
Su blancura de entonces era igual que tu infancia,
Sus espinas pequeñas iguales a tus besos.

Hay días en que vuelvo a sentir su fragancia
Rondar por tu calleja y morir en silencio.
El luminoso aroma de aquellas rosas blancas
Me recita tu nombre como si fuera un verso.

Y allá en el perfume del rosal, enredada, 
Me parece oír tu risa saliéndome al encuentro;
Polen solar tu risa, cascabeles de plata
Salpicando de espuma la costa de mi pecho.

Empedradas de rosas están hoy las distancias,
Por ventiscas de rosas se ha extraviado el Tiempo;
Por caminos de rosas vuelven tus manos plácidas,
Obedientes y dulces, como los niños buenos.

Tu recuerdo y el mío se pierden en el alma
De las rosas que nacen y el oscuro vencejo.
Así se va el Ayer para hacerse Mañana...
Así se van los rostros de todos los espejos.

Ana Castelbón

lunes, 25 de mayo de 2015

Estar Donde No Lleguen las Tormentas V

Acuarela y tinta sobre papel
Ana Castelbón



Cuando la tarde muere voy muriendo.
Me desangro en la luz como un torrente
De pájaros de sombra que en mi frente
Golpean y se van, siempre fluyendo.

Me desangro hacia ti. Voy deshaciendo
Los nudos de mis venas, los ardientes
Cerrojos de escarlata lentamente
Se hunden con el día, anocheciendo.

A la deriva voy hacia el Olvido
Por el estéril cauce de los besos
Que no se dieron nunca y los perdidos

Poemas no soñados… A lo lejos
Resuenan solitarios mis latidos
En la desierta cárcel de mis huesos.

Ana Castelbón

martes, 24 de febrero de 2015

Historias Muy Pequeñas IV

El Gran Faraón Llorando Después de su Aciago Encuentro
Ana Castelbón, tinta sobre papel

Porque pedir un deseo al Genio de  la Lámpara era lo más parecido a un suicidio, se recordó Pierre demasiado tarde. Un Genio siempre te concederá lo que le pidas.

Justo eso.
Nada más que eso.
Con una exactitud  demente y milimétrica.


Quizá fuese que les apretaba el turbante o que les faltaba oxígeno dentro de la lámpara, lo cierto era que sus pequeñas mentes no filtraban metáforas ni sinónimos. No existía deseo que ellos no convirtieran en una maldición. Había más ejemplos en la Historia que setas en el bosque: Pompeya, la Peste Negra, Las Siete Plagas de Egipto… Ah, aquel desafortunado encuentro entre un Faraón empecinado en comer langosta y un Genio especialmente obtuso…


Fragmento de Una Historia Muy Pequeña
de próxima aparición, por Ana Castelbón

martes, 3 de febrero de 2015

Historias Muy Pequeñas III





Sir Archibald Birdwishtle, escritor gorrón y borrachín
Ana Castelbón, tinta sobre papel




Por estas razones -antes incluso de llegar a la mayoría de edad- su pequeño Baudelaire era el único dragón de toda la historia de los dragones que sabía bailar las cinco partes de la Cuadrilla Francesa, la Polonesa y el Cotillón; también era el único que recitaba a Becquer- del salón en el ángulo oscuro y tal- mientras horneaba su deliciosa tarta de manzana casera y era – de nuevo- el único que se sabía de memoria El Almanaque del Anfitrión Perfecto, escrito por aquel gorrón borrachín, Sir Archibald Birdwishtle, entre copazo y copazo de brandy ajeno. 
Con esas referencias comprenderéis, por último, por qué iba a convertirse en breves momentos en el dragón más desdichado de la historia de los dragones.

Fragmento de Una Historia Muy Pequeña
de próxima aparición, por Ana Castelbón