lunes, 25 de mayo de 2015

Estar Donde No Lleguen las Tormentas V

Acuarela y tinta sobre papel
Ana Castelbón



Cuando la tarde muere voy muriendo.
Me desangro en la luz como un torrente
De pájaros de sombra que en mi frente
Golpean y se van, siempre fluyendo.

Me desangro hacia ti. Voy deshaciendo
Los nudos de mis venas, los ardientes
Cerrojos de escarlata lentamente
Se hunden con el día, anocheciendo.

A la deriva voy hacia el Olvido
Por el estéril cauce de los besos
Que no se dieron nunca y los perdidos

Poemas no soñados… A lo lejos
Resuenan solitarios mis latidos
En la desierta cárcel de mis huesos.

Ana Castelbón

martes, 24 de febrero de 2015

Historias Muy Pequeñas IV

El Gran Faraón Llorando Después de su Aciago Encuentro
Ana Castelbón, tinta sobre papel

Porque pedir un deseo al Genio de  la Lámpara era lo más parecido a un suicidio, se recordó Pierre demasiado tarde. Un Genio siempre te concederá lo que le pidas.

Justo eso.
Nada más que eso.
Con una exactitud  demente y milimétrica.


Quizá fuese que les apretaba el turbante o que les faltaba oxígeno dentro de la lámpara, lo cierto era que sus pequeñas mentes no filtraban metáforas ni sinónimos. No existía deseo que ellos no convirtieran en una maldición. Había más ejemplos en la Historia que setas en el bosque: Pompeya, la Peste Negra, Las Siete Plagas de Egipto… Ah, aquel desafortunado encuentro entre un Faraón empecinado en comer langosta y un Genio especialmente obtuso…


Fragmento de Una Historia Muy Pequeña
de próxima aparición, por Ana Castelbón

martes, 3 de febrero de 2015

Historias Muy Pequeñas III





Sir Archibald Birdwishtle, escritor gorrón y borrachín
Ana Castelbón, tinta sobre papel




Por estas razones -antes incluso de llegar a la mayoría de edad- su pequeño Baudelaire era el único dragón de toda la historia de los dragones que sabía bailar las cinco partes de la Cuadrilla Francesa, la Polonesa y el Cotillón; también era el único que recitaba a Becquer- del salón en el ángulo oscuro y tal- mientras horneaba su deliciosa tarta de manzana casera y era – de nuevo- el único que se sabía de memoria El Almanaque del Anfitrión Perfecto, escrito por aquel gorrón borrachín, Sir Archibald Birdwishtle, entre copazo y copazo de brandy ajeno. 
Con esas referencias comprenderéis, por último, por qué iba a convertirse en breves momentos en el dragón más desdichado de la historia de los dragones.

Fragmento de Una Historia Muy Pequeña
de próxima aparición, por Ana Castelbón

jueves, 8 de enero de 2015

Historias Muy Pequeñas II



La Bella Roncante
 Ana Castelbón (tinta sobre papel)


"Es la pura verdad, no digas que no... Roncas. No te apures. Es una nimiedad pero arredra a los príncipes más que el rugido de cualquier dragón. Ningún príncipe salva princesas que roncan. Lo pone en alguna cláusula de su contrato, creo. La Bella Durmiente se operó de vegetaciones antes de pincharse el dedo, no fueran a dejarla dormir para los restos...  Por otro lado, piensa en las repercusiones para la industria textil con esa manía de quemar las ruecas. Bajarían las exportaciones, aumentaría la inflación, subiría el déficit... Ya sabes... Las acciones, el Dow Jones... Todo eso."

Fragmento de Una Historia Muy Pequeña
de próxima aparición, por Ana Castelbón

sábado, 20 de diciembre de 2014

Historias Muy Pequeñas I




Caballero En La Inopia Que No Advierte La Que Le Espera Al Antiguo Régimen
Ana Castelbón (tinta sobre papel)

"....Quizá penséis que, después de todo, no era para tanto. Fue lo mismo que pensó el Señor Secretario tras el primer ataque de pánico. Fue lo mismo que pensó el capitán del Titanic cuando vio el iceberg. ¿Y quién dijo “Tranquila, María Antonieta, seguro que no llega la sangre al Sena”? No es que el Señor Secretario fuera de un optimismo desbordante, pero a la hora de enfrentarse a las catástrofes contaba con la gran ventaja de carecer de imaginación."

Fragmento de Una Historia Muy Pequeña 
de próxima aparición, por Ana Castelbón.

domingo, 21 de septiembre de 2014

El Sombrerero Loco

Mark Ryden

Para Avispada, amiga y luz...



El Sombrerero Loco grita NO HAY SITIO, NO HAY SITIO. No hay sitio para nosotras en su merienda eterna, pero le gusta que le veamos masticar. Por eso nos sienta en el Jardín Muerto, pequeñas Alicias de sonrisa inerme. Los miércoles se pone la cabeza de Oso y come hasta que le tiembla el vientre enorme, lleno de lamparones y migajas. Deglute mantecados y jamón pero anhela husmear nuestras entrañas. Quiere abrirnos como ostras y llorar pálidas lágrimas de Morsa y empaparnos los tuétanos con su misericordia insaciable.
Nosotras, Alicias desamparadas, cambiamos corriendo de silla mientras nuestros úteros clausurados repiten en un susurro "no hay sitio, no hay sitio".... 
El Sombrerero Loco se cambia de cabeza a las seis de la tarde. Las tiene en un cesto, una por cada Pecado... De Cabra, de Perro, de Mulo para las noches de verano, de topo cegado por el oro, de Liebre en celo. Se pone una dorada los Domingos y vomita entre arcadas palabras demasiado grandes para su gaznate. Amor, Familia, dice, Entrega... 
   
Cobardes, temerosas, sentadas como niñas obedientes con las manos en el regazo, tenemos los nudillos blancos de apretar la Angustia, rogamos a Dios que nuestro vientre sólo conciba el pago de la hipoteca.

Cuando llega la Navidad se corona de Reina Roja y juega a decapitaciones. 

No hay sitio, no hay sitio...

Nosotras, Alicias enloquecidas, cambiamos veloces de silla en el jardín muerto.



domingo, 27 de julio de 2014

El Príncipe y el Mendigo





Le veo siempre que paso, en la esquina de la librería. Ése es su sitio. Está allí todas las tardes. También está la papelera. El kiosko de los ciegos. El escaparate de la tienda de ropa. 
Algún día, si paso temprano, le sorprendo colocando con cuidado el vaso de cartón en la acera. Siempre a la misma distancia. 
Creo que es una distancia meditada: no muy lejos, para que no estorbe el paso; no muy cerca, así no han de aproximarse demasiado a él. A la gente no le gusta acercarse, les resulta embarazoso por lo general, incluso cuando se detienen y le saludan. Es normal que lo hagan; vivimos en una ciudad pequeña y todos nos conocemos. Somos humanos, al fin y al cabo. 
Pero él sólo reacciona cuando le interpelan. Entonces levanta la mirada, la despega lentamente del suelo donde la dejó, junto al vaso, y esboza una sonrisa triste. Es el tipo de sonrisa que espera su interlocutor. De ser más alegre le desconcertaría y, si fuera más triste, se sentiría incómodo. En ambos casos es probable que no volviera a detenerse junto a su vaso en un tiempo, cosa que él no desea. Es importante fidelizar a los clientes. Así, estudia tanto la distancia que marca su sonrisa como la que define el pequeño vaso de cartón rojo y letras sinuosas. Geometría pura al servicio de la supervivencia.  
Si acaso le preguntaran cómo se encuentra -esto sólo si el viandante es asiduo de su vaso, de su esquina, de su barba de zarza-  él seguirá sonriendo, igual, dirá, o tirando, o menos mal que hace buen tiempo o espero que pronto mejore y me duelan menos las rodillas. No dirá nunca que desea morir desde hace tiempo, o que el albergue de la capital está bien ahora, en verano, mucho más vacío. O que tiene pesadillas todas las noches desde que los de las bases le pegaron una paliza que casi lo mata. Igual que cualquiera, nunca dirá la verdad. Bueno, bueno, seguro que sí, será la respuesta. Y alguien se irá entonces, dejando algo en el vaso que él no mirará.
El rito cambia -pues todo en la vida tiene su liturgia: ésta también es geometría- cuando oye la otra contraseña “Toma, dáselo al señor” y unos pasos pequeños cruzan la calle peatonal y provinciana. Los niños sí se acercan, aunque la barba les dé miedo. Echan la moneda en el vaso y sonríen antes de marcharse corriendo, como gorriones, con la abuela. El segundo en que le miran tras echar la moneda, está lleno de expectación y temores de juguete: ¿hablará?¿se moverá?¿me cogerá? Igual que los jóvenes que se paran ante los mimos. Él sonríe. Primero al niño, con ternura que nunca me ha parecido fingida. Después, inclina ceremoniosamente la cabeza en dirección a la mujer. Y después vuelve a depositar la mirada en el suelo, junto al vaso. 

No hay nada más que el vaso y su mirada, y sus rodillas dobladas en la calle. 

No recuerdo haberle visto nunca ninguna cruda incitación a la lástima escrita en espantosos cartelitos de cartón con espantosa caligrafía, muestrario de horrores que van mucho más allá de lo que cuentan. “Tengo cuatro hijos y una mujer enferma”, dicen. Es el motivo correcto. “He de pagar al que me deja ponerme en esta esquina o me reventará el hígado a golpes”… No, eso nunca se escribe. Porque todo tiene su rito, su liturgia, su pura geometría de causas y consecuencias. ¿Quién no se sentiría defraudado al saber que es un hombre normal y corriente, inmerso en su propio chantaje como nosotros en el nuestro, y  no una víctima impasible de sus infinitas desgracias? 
A mí también me ocurrió, el primer día en que le vi lejos de su esquina. Yo iba hacia Madrid, y él estaba parado en la estación de El Pozo. Erguido y sin el vaso parecía otra persona. Se agachó, recogió una colilla del suelo que aún humeaba y la fumó con una sonrisa. Al acercársela a los labios se besó los dedos, en un juramento despreocupado y ávido. 

Casi no le conocí, de pronto convertido en Príncipe.