jueves, 31 de enero de 2019

El Bando de las Rosas

A Luis

Yo era una niña cuando cortaron el rosal. Y sin embargo, cada mayo, al pasar junto al viejo muro de ladrillo recuerdo cómo trepaba, colmado de fuerza y de gracia como una bendición, con las ramas combadas por el peso dorado de las rosas.

De su perfume no me quedan recuerdos; sólo esa confusa sensación de anhelo y de inminencia que se tiene a veces ante el amanecer.

Un día ya no estaba.

Lo habían cortado por diez razones razonables y por ninguna. Atraía a los mosquitos, a las abejas, a las arañas, estropeaba el muro, crecía demasiado. Entonces no pude comprender, pero la Vida es paciente y repite sus lecciones.

Así, la Insistente Vida me enseñó que siempre se arranca el rosal más hermoso, siempre se aplasta el mejor corazón y se echa por tierra la labor más fructífera,  mientras el Coro de los Mediocres salmodia sus diez razonables razones -crece demasiado, molesta demasiado... Siempre la misma: Es demasiado.

Pero no fui rápida, no. Tardé años en comprender que la Fealdad que nos acorrala no es una coincidencia, ni es algo inadvertido, sino una meta buscada con ensañamiento. Y aún tardé más años en  comprender cuántas personas razonables hay que odian la Belleza, que aborrecen lo bueno y lo feliz, royendo en lo más profundo de sus decentes corazones la Luz que codician y detestan.

La Niña Que Fui hubiera hecho cualquier cosa por defender aquel rosal. Pero ahora que ya he elegido y perdido mis batallas, al fin adulta, puedo decir también que soy cobarde. O quizá sólo estoy cansada. Ambas cosas se parecen mucho. 

Cobarde entonces, quizás cansada, he descubierto cuánto valor se requiere para estar en el bando de las rosas -para trepar por los muros con la Fuerza y la Gracia de una bendición, sabiendo que el Mundo nos echará por tierra- y qué corona merecen los que aún lo intentan, hecha con espinas de la más pura Alegría.


Ana Castelbón






lunes, 14 de enero de 2019

HORTUS CONCLUSUS

Tinta sobre papel - Ana I. Castelbón

Los nombres
que me dieron
al nacer,
ropajes 
fantasmales,
ensueños
heredados,

cuervos,

cuervos,
hambres,

huyen.


El clamor

de tu abrazo
como clarín 
de plata
los cercena.

-Coda-

Amúrallame a besos
Siémbrame de Jardines.
Todos mis recodos
tendrán sombras y fuentes
para ti.


Ana Castelbón

lunes, 24 de abril de 2017

Más Que Los Centinelas La Aurora

Tinta y acuarela sobre papel - Ana Castelbón


Si amarte fue
Quedarse
Así,
Desnuda
A la orilla del cuerpo,
Con los pies 
Hundidos
En la ausencia
De la otra parte
De la herida.

Si amarte fue
Ser de nuevo
Soledad,
Ser
Quien anhelaba
Ser
Desde el principio.

Si fue
Crecer
Hacia el Aire
Y la Palabra
O hundirse
En el Silencio,
Qué importa.

Qué importa
Lo que fue
Amarte,
Si amarte
Es 

Esto.

Ana Castelbón

martes, 14 de junio de 2016

Historias Muy Pequeñas VI

Tinta sobre Papel
Ana Castelbón


Su fina nariz de roedor había captado un estremecimiento conocido -y temido- en el aire: el que produce el timón del Destino cuando cambia suavemente de rumbo. Una pequeña mácula en la cotidianidad, una diminuta alteración en el horizonte... Nadie puede llegar a Bruja Decana y mantenerse en el puesto de por vida sin reconocer esas ondas de advertencia. Siempre atenta a los detalles era su lema, o un día se te cae un Imperio sin que hayas visto al godo que lo empujó.

Fragmento de Una Historia Muy Pequeña,
 de Ana Castelbón

miércoles, 18 de mayo de 2016

Historias Muy Pequeñas V

Tinta sobre papel
Ana Castelbón




Las rejas hubieran debido servirle de advertencia.
Una advertencia de doble hierro forjado con pinchos exteriores de  quince centímetros de longitud y tornillos de seguridad en todas las ventanas. ¿Pero acaso reparó en ellas? No, salvo para frotarlas con salfumán y un cepillo de cerdas duras. Las dejó impolutas, eso sí. Baudelaire poseía un talento innato para la limpieza que casi llegaba a superpoder… Como si de pequeño le hubiese mordido una fregona radioactiva.
El caso es que no se preguntó el por qué de aquellas rejas,  igual que no se había preguntado qué hacía un foso de dos metros de profundidad ante la entrada del apestoso antro de Vorágine. Ni siquiera los dos cocodrilos que se agitaban en su fondo le dieron otra idea que poner unos cuantos nenúfares y un puente japonés que alegrase un poco el panorama.
Anotó mentalmente: cambiar pirañas por pececillos de colores. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Hermosísima Niña


Acuarela y tinta sobre papel - Ana Castelbón


... La princesa siempre se las arreglaba para aprovechar alguna ráfaga de viento -el que más le gustaba era el del Sur-Suroeste- y escaparse rauda por la ventana; entonces había que soltar apresuradamente más cordel, y ponerse a sotavento, mientras la niña reía y reía volando como una cometa...

Fragmento de Hermosísima Niña
Cuento original de Ana Castelbón

jueves, 7 de abril de 2016

La Cenicienta



Mercedes se casó a los dieciséis y antes de los veinticuatro ya tenía cinco hijos. La cintura desfondada aguanta siempre el gesto resignado de sus manos, enlazadas y quietas sobre el vientre. Habla con un burbujeo y un trino porque ya le van faltando dientes. Quizá por el dulce recuerdo del portugués en su acento o por la sencillez de su alma iletrada, a menudo lo que dice está lleno de cordura y poesía. Y también de una tristeza sin escapatoria.
Una mañana, mientras atendíamos a Cristina, cogió su pequeño en brazos como si fuera un cordero y le acunó hasta dormirle, con ternura y descuido. “¿No se casa María?”, decía… Y riendo… “Mejor ser libre como las gaviotas…”
Mirándola mecer al niño, de pronto me dio miedo olvidar esa imagen. La más bella, la más triste.

Hay personas que parecen escritas en el agua.