El cruce apesta a coche, a pis, al parque polvoriento de la otra orilla de la calzada, a ciudad agotada por el calor y el verano... Pero cuando ella llega, cubierta con su piel de asno, reina sobre todos los olores con su peste a cerveza ya digerida y a cerveza por beber.
Su olor llega antes que ella, y se impone.
Lleva un niño en un carrito roto. Hace años, cuando todavía conservaba un jirón del traje hecho de luna y del traje hecho de estrellas, se quedó embarazada de ese niño. Por entonces tenía algún diente más, y un caminar algo más recto. Su pelo era oscuro como la noche y aún podía decirse de ella que había sido hermosa. La acompañaba en aquellos días una niña, apenas una muchacha, de tal belleza que te llenaba de compasión.
La niña tenía intactas la luna y las estrellas en su ropaje, resplandecía blanca y oscura, vibrante y confiada como una nota de cristal. "Yo no seré Piel de Asno", parecía decir al mirar a su madre. "Yo no seré como tú"...
El invierno pasado vagabundeaba por el parque, bebiendo.
Quedaban estrellas en su vestido, aún brillaba la luna en su túnica.
Brillan mientras se apagan.
Hoy Piel de Asno apenas puede moverse bajo las capas de cerveza y suciedad que la cubren. Todos, sin casi reparar en ello, han retrocedido un paso y a su alrededor ha quedado un curioso vacío donde espera el cambio del semáforo. El niño del carrito desvencijado ya tiene cinco años y arrastra los pies por la acera. Tiene el pelo negro y brillante como los ojos de las golondrinas, la misma mirada resplandeciente de su hermana. Parece que el tiempo no ha pasado. La madre le sonríe.
Piel de Asno arremete con el carro contra el paso de cebra. Pero al llegar al otro lado se inclina solícita sobre el niño. Y es que el niño, sonriente y ufano, ha llevado todo el tiempo tras su espalda una litrona vacía de cerveza, de vidrio color caramelo. Como si llevase una mochila.
Dámela, cielo dice Piel de Asno. Y el niño la coge con pericia y se la entrega. A la papelera, ríe al tirarla en un caja verde para los excrementos de los perros. Acelera el paso vacilante y desaparece de la vista.
Apenas tenía cinco años cuando perdió a su madre, un día de Abril de 1864. Apenas cinco cuando casi murió él también, de la misma escarlatina que se había llevado a Bessie para siempre. Y contaba sólo cinco años cuando su padre se hundió en la bebida, abandonando su cuidado y el de sus hermanos, y Granny Inglis se los llevó con ella a la vieja casa de Cookham Dene, junto a la que discurría el incansable narrador, El Río. Así fue cómo la Desgracia trajo de su mano el que fue el tiempo más feliz de toda su existencia.
La luz, los olores, los increíbles descubrimientos y aventuras que sólo caben en la Infancia seguramente cayeron sobre el pequeño Kenneth como cayó el rayo sobre Saulo. Pero al igual que una Gran Desdicha había dado comienzo a esa felicidad, fue un vulgar inconveniente lo que acabó con ella. La vieja casa era realmente vieja, más allá del halo poético de la expresión. La chimenea se derrumbó. Tuvieron que mudarse. Y se fueron a otra casa, más pequeña, menos generosa. Lejos del Río.
Kenneth Grahame, en su infancia
A partir de ese día la vida se fue posando inclemente sobre el pequeño Kenneth, como tiene por costumbre hacer con todos nosotros. Copo tras copo de polvo y de ceniza, de sueños rotos, mientras El Río murmuraba en su corazón el recuerdo de un Verano, como el viento murmura entre los sauces. Sobre aquel niño cayeron más mudanzas, el fugaz retorno con un padre que les abandonaría definitivamente y moriría en Francia. (De todos sus hijos sólo Kenneth acudió a su entierro.) Años de niñeras y tutores, de casas y parientes lejanos que les apresuraban para que creciesen más rápido, más rápido. Así fue como el niño que corría junto al Río se vio obligado a ser Adulto y a emplearse en lo más alejado de los sauces que podía existir en este mundo: el Banco de Inglaterra.
Pero mientras la Vida seguía cayendo con su lluvia de polvo y ceniza, mientras ascendía en el Banco, mientras se casaba y era infeliz, mientras tenía un hijo enfermizo y desdichado como él, el Paraíso Perdido seguía brillando en su interior. La voz del Río no callaba. Viejo, Insomne, Aventurero, seguía narrando y había que escucharle: Pagan Papers, The Golden Age, Dream Days…
Y El Viento En Los Sauces.
Alastair iba a cumplir cuatro años, y no conseguía dormirse. Durante horas, Keneth le contó las aventuras de un Topo que descubre un día de primavera las orillas del Río, de una Rata de Agua acogedora y generosa como la vieja casa de Granny Inglis, de un Tejón sabio, bondadoso y ceñudo... Y de un Sapo -El Señor Sapo- que cae enamorado a los pies de la Máquina de las Máquinas.
El cuento siguió y siguió -como suele suceder con las historias- fluyendo en las cartas que le envió más tarde, cuando aún parecía posible ahuyentar los fantasmas que acechaban a su hijo. Lo hizo de la única forma que supo. Recuperó para él los recuerdos más felices. Sopló sobre todo ese polvo acumulado por los años hasta que el susurro del viento entre los sauces fue de nuevo nítido y radiante, lleno de voces. Las voces sencillas, las aventureras, las alocadas y las seductoras, las que estaban llenas de risas y las que le sumían en la melancolía. Todas las voces del Río que él había escuchado en su infancia están allí, sin faltar una. No fueron suficientes para Alastair, que se arrojó a las vías del tren, cerca de su amado Oxford, dos días antes de su vigésimo cumpleaños. Era el 7 de mayo de 1920. Ése fue el día en que El Río calló. Pero antes le había contado su más valioso secreto: que todos los Paraísos se pierden y que sólo los desdichados pueden recordar la canción que toca el Flautista en el umbral del Alba.
“Se ha ido… ¡Tan hermoso, y extraño, y nuevo! Para que acabara tan pronto casi hubiera deseado no oírlo, porque ha despertado en mí un anhelo casi doloroso, y nada parece valer la pena sino escuchar ese sonido una vez más, y seguir oyéndolo eternamente…”
Al menos no aparece por ninguna parte en el mapa de sus ojos. Si alguna vez hubo una, simplemente se fue. Para ellos no hay ya Destino, ni Hogar al que regresar.
Vagamos por los días rodeados de aquellos que nos fueron narrados. Nos cruzamos con Ulises, que sostiene en sus manos la parodia de un periódico para pedirnos limosna a la puerta de un supermercado; que se prostituye en una rotonda bajo un paraguas descolorido. Penélope espera en algún lugar remoto tejiendo y destejiendo entre envíos de Money Gram que ya no llegan...
Los Grandes Desterrados de la Historia nos contemplan desde el penúltimo círculo de un Infierno sin fin, vestidos de andrajos.
Para ellos Ítaca ya no existe.
Desapareció de sus ojos el día en que comprendieron que no queda ningún lugar en el mundo al que volver. Saben por fin que les hemos abandonado en el desierto, descalzos, para que recorran hasta reventar las oficinas, los parques, las comisarías, las casas abandonadas, los juzgados, las estaciones de tren, las concejalías, los albergues, los despachos de caridad, los CIES, los bancos a la sombra.
Son fáciles de reconocer. Siempre llevan una hatajo de papeles mugrientos apretados contra ellos, como un bloque de cemento fraguado en torno al naufragio de su vida. Papeles que les condenan, les expulsan, les niegan medicinas y escuelas. Y al mismo tiempo, su única posesión. El grillete que les mantiene encadenados a la noria del Mundo; lo único que les recuerda que tienen un nombre, aunque no existan.
Te los enseñan, grises por las esquinas, llenos de manchas, simas sin fondo como Caribdis donde todo su ser se hundirá sin remedio; te los enseñan como si tú pudieras leer en ellos algo distinto.
Pero lo lees en voz alta y le repites, atragantándote, que ese papel dice que no existe, que no está aquí. Mañana o en días repentinos traerá ese mismo papel y te dirá de nuevo que lo leas como si el tiempo hubiera cambiado las palabras. Repites su sentencia y se marcha. Pondrá un recurso inútil, apelará a la humanidad de la rueda dentada que le está triturando. Lo hará por inercia, por desesperación, por tener algo que le obligue a seguir caminando ahora que ya sabe que sólo puede hacer eso: seguir caminando y caminando sin la esperanza de llegar.
¿Se preguntan por qué Siempre, por qué Todo, por qué a Ellos? Por qué...
Tanto los poemas como las ilustraciones son de mi absoluta responsabilidad, pero el hermoso libro que se ha creado con ellos se debe a Ebookprofeno. De nuevo, gracias a Felipe y a Sol; a Sol y a Felipe. Y a Germán Guirado por su prólogo, un regalo. Y a J.L. por... por Todo.
Después de más de cien años sigue leyendo sentada en su sillón de enferma, igual que aquel silencioso día en Hastings, el dos de junio de 1854. Se lleva, cansada, la mano al rostro y un mechón de su cabello se escapa por un momento. Tiene los pies en el escabel, y Ford Maddox Brown susurra entusiasmado que está "... más delgada, más cadavérica, más bella y más desmadejada que nunca".
(But wise Christina says … One face looks from all his canvases,/ One selfsame figure sits or walks or leans…)
Hoy en Hastings el tiempo es húmedo y tibio, la luz pone sombras de lápiz seguro y apresurado en la larga falda, en el afilado rostro. Hoy, y ayer y mañana ella leerá y se trenzará el pelo, o mirará absorta, adormilada, extasiada, lejana siempre. Ahí está, así la seguimos viendo, tal y como Dante Gabriel la retrató cien y mil veces en incontables Guggums, bocetos de belleza increíble e instantánea. Desbordaban los cajones de mesas y escritorios, se apilaban en los rincones, llenaban todas las carpetas y los álbumes de esbozos pero aun hoy, cuando se venden y se compran como joyas, no dejan de ser el patético testimonio de una obsesión devoradora. Una fascinación que emergió, ya tuberculosa, de la bañera donde posaba para Millais como una Ofelia demasiado turbadora para los decentes, cuyas mentes morbosas y obscenas la vieron obscena y morbosa. Lizzie recordaría toda su vida el pesado traje de brocado de plata que hubo de vestir, día tras día, húmedo y pegajoso como la mortaja que finalmente fue. Recordaría el día en que posó durante horas cuando ya se había apagado la estufa que calentaba el agua helada, el principio de su muerte.
(And wise Christina says… We found her hidden just behind those screens, / That mirror gave back all her loveliness…)
Porque, lánguida en todo, Lizzy no se tomó ninguna prisa a la hora de morir. Lo fue haciendo a sorbos, a pequeños pasos. En tardes de luz templada, como la de Hastings, en las mañanas brumosas y oscuras de Londres, moría a ratos y reaparecía luego, con el largo pelo azafranado más lleno de luz que nunca. El mismo pelo, recordaría, que hizo exclamar a Walter Deverell "Muchachos no creeréis que maravillosa criatura he encontrado…" Entonces, recordaba Lizzie, vendía sombreros y era muy joven y hermosa y muy frágil. Pero sólo era Lizzie. Sólo ella, ella misma, ni Ofelia, ni Beatriz, ni Ginebra, nila Doncella Asomada a los Balcones del Cielo. Sólo la pequeña e ignorante Lizzie Siddal.
(But wise Christina says …A queen in opal or in ruby dress/ A nameless girl in freshest summer-greens,/ A saint, an angel — every canvas means/ The same one meaning, neither moreorless...)
Sólo Lizzie, piensa Lizzie. Pero eso fue antes, hace un esfuerzo por recordar, mucho antes del sillón de enferma de aquel día de Junio, en Hastings; antes delempapado disfraz, de todos los rostros cambiantes sobre su rostro, antes de las infidelidades y de las promesas rotas. Antes de la enfermedad, del laúdano y del brandy. Eso piensa Lizzie y se desliza en silencio, de la vida a la muerte y a la vida de nuevo, meciéndose. Ahora lo entiende, ya lo ha comprendido. Ya sabe que lo ha perdido todo, hasta su nombre.
(And so, wise Christina says … He feeds upon her face by day and night,/ And she with true kind eyes looks back on him, / Fair as the moon and joyful as the light…)
Ni Ofelia, ni Isabella, ni Beatriz, ni Ginebra, se sentarán con ella a acunar durante horas la cuna vacía de la niña que no nació. No le darán la mano durante las noches de agonía, los días eternos en los que espera su regreso. Él se va, se hunde en la feracidad de Fanny Conforth, igual que buscará desesperadamente la inaudita y silenciosa belleza de Jane Burden, venerará la altivez de Alexia Wilding, y sigue pintando a Lizzie. Y Lizzie escribe versos también, como los suyos, y grita en silencio lo que sabe. “Tu arte, ese árbol envenenado que me robó la vida”, dice, grita, bebe, acuna la niña que nunca nació. Nadie la acompañará en las sombras en las que va a perderse, alumbrada sólo por sus cabellos de cobre y azafrán.
(But wise Christina knows …Not wan with waiting, not with sorrow dim…)
Y un día, al fin, reunió todos sus seres infinitos, todos los rostros que habían borrado el suyo y los dejó atrás. Se fue al lugar donde nuestros nombres son claros y todo se resume. Donde es ya para siempre Elizabeth Eleanor Siddall, 1829-1862.
La frágil y altiva Lizzie, sólo Lizzie, se llevó con ella la antorcha de su pelo, lo más vivo de su vida. Otros, El Otro, le pusieron versos manuscritos, poemas y recuerdos como almohada. Pero ella sólo necesitaba su pelo para alumbrar las sombras...
Cuando años más tarde abrieron su tumba, vieron que su cabello había seguido creciendo tras la muerte, tan dorado, espeso y hermoso que llenaba de oro el ataúd.
Como si aún estuviese leyendo, en ese dos de junio de 1854.
(And wise Christina ends …Not as she is, but was when hope shone bright;Not as she is, but as she fills his dream..)
Nota: una traducción aproximada del poema de Christina Rossetti, In An Artist's Studio, sería...
"Un rostro mira desde todos sus lienzos,/ La única y misma figura se sienta, camina o yace:/ La encontramos oculta tras los bastidores,/ Espejos que nos devuelven toda su gracia./ Una reina de ópalo y rubí ataviada,/ Una joven sin nombre en los más frescos verdes del estío,/ Una santa, un ángel –cada lienzo repite/ El único y mismo mensaje, nada más, nada menos./Él devora su rostro de día y de noche, / Y ella con ojos cálidosdevuelve su mirada, /Bella como la luna, como la luzalegre:/ Ni pálida de esperas, ni nublada de angustias;/ No como es, sino como ella era cuando la esperanza brillaba; / Nocomo ella es, sino como sacia sus sueños"